Cuento de las damas voladoras

El Sol se preparaba para desaparecer en el horizonte, las caprichosas formas de nube pasaban de largo sin saber a donde ir. El viento soplaba frío y seguía acariciando la superficie del lago, formando pequeñas ondulaciones y llenando el ocaso con su solitario silbido.

En una hondonada del cerro, los niños se arremolinaban alrededor de Nana. Mirando e intentando comprender de qué manera pretendía hacer fuego. Los más ancianos no reparaban en esto, lo único que hacían es mirar hacia el lago intentando vislumbrar algún barco o como mínimo, alguna mano pidiendo ayuda. O al menos eso era lo que Nana pensaba.

Ella no dejaba de chascar las piedras en la hojarasca. Mientras, pedía a los niños de su alrededor que trajeran más hierba o ramas secas. Parecía que podía ocuparse de todo, hasta que uno de los más pequeños, se desesperó y comenzó a llorar inconsolablemente. Nana le cogió en brazos y se dio la vuelta buscando con la mirada a Kara, que no encontró.

Para su disgusto, al volver la cabeza, el panorama que vio detrás fue desolador. Todos los ancianos parecían tener la mirada perdida en el infinito, sin hacer nada. Estaban allí en silencio, impasibles como estatuas mirando al cielo.

Sentada con las piernas estiradas y la espalda apoyada en un árbol seco vio a Kara. Era una anciana y su mentora, además era la única que estaba mirando hacia ella, cruzaron las miradas y la anciana le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

-¿No has aprendido nada de mi? Nana- La mirada de Kara también parecía cansada, disgustada con el mundo, era una mirada de alguien que se había rendido- acércame al niño- dijo, estirando los brazos para recibir al llorón.

-Lo siento Kara. Estoy tratando de hacer un fuego antes de que se vaya completamente el Sol, no puedo ocuparme de los niños- Nana bajó la cabeza, hace tiempo que comprendió  que nunca sería como su mentora, ella era una mujer muy fuerte y admirable. Siempre sabía lo que tenía que hacer, nunca se rendía y  miraba hacia adelante. Hacía más trabajo y tenía más ánimo que la mayoría de gente joven. Su cabeza ya estaba llena de canas y su piel daba fe de su edad, pero por dentro seguía siendo vivaz, hasta hoy, que se asemejaba al resto de ancianos, Nana no sabía porqué en ese preciso momento había cambiado de actitud.

El niño ya se había acomodado al lado de la anciana, ésta intentó moverse, pero no pudo, se agarraba la pierna, y sus facciones delataban un intenso dolor. Sin dejar decir ni una palabra a Nana, que se percató de que estaba herida, le ordenó que trajera a todos los niños y así podría hacer la fogata. Antes de que se fuera, Kara extendió la mano para darle algo, era un paquete de cerillas. Nana suspiró aliviada y se marchó.

Eran unos 12 niños de no más de 10 años, algo mimados y siempre obedientes con su Mama Kara, así que se sentaron tan cerca de ella como pudieron, pidiendo un cuento. Ninguno de ellos sabía que esa noche tendrían que dormir sin la compañía de sus padres.

Nana reanudó su tarea de hacer fuego y preparar la cena, le tendría que echar imaginación. Mientras un poco más allá vio como los niños alegres rodeaban a Mama Kara pidiendo cada uno su cuento preferido, e incluso Nana en sus pensamiento estaba tratando de adivinar el cuento que Mama Kara iba a contar. Eso era lo que le hizo hacerse cuidadora de niños, los cuentos, ver las caras de los niños atentos a la historia y sorprenderse a medida que les vas contando el relato. En realidad habría querido ser contadora de cuentos…

Mama Kara, calmó a los niños y les hizo sentarse.

– ¡Callad todos! Esta noche, Mama os va a contar una historia que nunca, nunca os he contado antes. Así que prestad atención:

Hace tiempo, no muy lejos de aquí. Había un lugar mágico rodeado de un bosque fantástico, lleno de hermosas criaturas y cascadas con arco iris. En el interior de este bosque había un hermoso palacio sobre una colina. El palacio era de oro puro y brillaba día y noche. En su interior vivían las damas voladoras. Ellas tenían que custodiar ese hermoso lugar. Eran seres azules, toda su piel era azul como el cielo, sus ojos eran grandes alargados y claros. Su  pelo era tan dorado como el palacio donde vivían. Se decía de ese sitio que todo el que entraba enfermo, salía sano.  Incluso el que entraba muerto salía vivo … 

Solo había un horror para las damas voladoras y era la luz del sol. La luz del sol quemaba sus alas. Algunas veces salían caminando de día, tapando las alas con mantos negros. O salían encima de unas piedras voladoras revoloteando por todos los alrededores del bosque, vigilando su palacio.

Tenían un animal favorito, era el León. En aquel entonces, solo había un león en el mundo, un precioso león negro. Las damas se pasaban el día cuidandolo, y temían que desapareciera, por eso, llegaron a construir un León gigantesco, para que el león viviera seguro. Pero para su disgusto no tuvieron demasiado oro para terminarlo, en su lugar lo hicieron de piedras preciosas. Pero lo más sorprendente fue que lograron al final crear más Leones en ese lugar, y fueran todos de color dorado, y son así porque están hecho del oro de las damas voladoras  

Aquí Mama Kara hizo una ligera pausa para beber un poco de agua y echar una mirada alrededor. Miro a los niños, estaban bien atentos. Uno de ellos insistió en acercarse al fuego, Kara hizo que no le prestaba atención, el dolor de la pierna no cesaba, por esta razón decidió esperar a que Nana viniera a por ella, así no preocuparía a los niños. Pero la verdad que ese niño tenía razón ya estaba haciendo frío y además ya se olía la ligera cena de esa noche. Iba a continuar pero de pronto vio pasar en el cielo oscurecido una estrella fugaz, se puso nerviosa pero no quería que los niños supieran nada, así que quiso seguir relatando el cuento, sin embargo alguno de los otros ancianos, como despertando de su letargo, no paraban de gritar.

-Ya comienza – gritó uno -¡Nadie nos salvará!

Ahora pasaba otra estrella solitaria, esta más lenta. Pareció querer posarse en la colina más allá del lago. Kara alzó el brazo señalando las dirección donde quería que miraran los niños.  Ellos lejos de asustarse, quedaron asombrados y mirando a Mamá Kara, una de las niñas dijo:

– ¿Esas son las damas voladoras Mama? – dijo una de las niñas – ¿Han venido a por nosotros?

Mama Kara, sin voz, solo alcanzó a asentir con los ojos brillantes, a punto de llorar.

 

(Extracto del cuento  “Lo que viene del cielo” en el que Nana descubre la realidad que hay detrás de su propia civilización y se enfrenta a lo impensable, mientras intenta salvar a los niños a los cuales mantiene contentos con cuentos de fantasía)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Gracias por vuestra lectura, bloguer*s!! Me da mucho ánimo!

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